Diario del Cesar
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El Cabo de la Vela

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A las cinco de la mañana, cuatro entusiastas amigas, salimos de Riohacha hacia El Cabo de la Vela, en una camioneta 4×4, acompañadas por Víctor, conductor y guía amable, conocedor y alerta a todas las sorpresas que en un viaje de estos se presentan.

Desayunamos mirando el mar, en un puesto del malecón, con las mejores arepas de huevo que he comido, delgaditas, rellenas con guiso de pescado, camarón, chorizo o carne, o levemente dulces con anís y queso.

Ya, a esa hora, la carretera estaba congestionada con camiones de carga y buses de estudiantes de la Universidad de la Guajira, localizada a la salida de la capital.

El día anterior llegamos de Santa Marta, luego de recorrer tres horas de camino, bordeado de frondosos Flor Morados, cubiertos de flores lilas. Veinte minutos antes de llegar a Riohacha hicimos una interesante parada para visitar Puerto Brisa, modelo de organización, efectividad y eficiencia en este tipo de labor.

Ruta al Cabo de la Vela, nuestro segundo desayuno, fue un plato de “frichi”, picadillo de cabrito frito, acompañado de arepas rellenas de queso de cabra, en el caserío Cuatro Vías, donde se encuentran los caminos que van de El Cerrejón a Puerto Bolívar y de Riohacha a Maicao y la frontera con Venezuela.

Siguiendo la carrilera que va al puerto llegamos a Uribía, donde tanqueamos nuestro vehículo con gasolina contrabandeada de Venezuela, ofrecida al borde de la carretera en recipientes de plástico que colocan sobre un trípode y descargan con una manguera de caucho. Algo altamente peligroso y precario.

Uribía, donde se procesa la sal de las salinas de Manaure, es un pueblo cubierto de basura, miles de bolsas plásticas polucionan sus alrededores, desechos de todas clases se acumulan por doquier. A su entrada está la terminal de transporte construida por el gobierno y jamás usada. Otro monumento a la corrupción existente en el departamento, de los muchos que vimos, como un colegio en la mitad del territorio wayuu, donde no estudia nadie y 3 puentes en medio del desierto, donde no hay carreteras.

Cinco horas nos tomó llegar al Cabo de la Vela, incluida una hora por trocha en el desierto poblado por rancherías, con viviendas de techo de yotojoro, el corazón del cactus cardomo.

El Cabo es hermoso; la arena rojiza hace un fantástico contraste con el azul brillante del mar. Desde los riscos rocosos las vistas son espectaculares. La vegetación de trupillos y cactus y la ranchería principal, con sus ranchos llenos de hamacas multicolores para descansar, donde se come lo que da el mar, son ingredientes para una agradable aventura.

Pero aquí el agua potable solo se obtiene de carrotanques y es costosa. Los servicios de aseo son atroces, la higiene inexistente, la pobreza de las mujeres y los niños wayuu es penosa, aunque sus artesanías, mochilas y chinchorros, son excepcionalmente bellas.

Los indígenas hacen retenes indiscriminados para pedir dinero. El ejército tiene retenes para controlar el tráfico de cocaína y contrabando. La inseguridad es tangible y amenazante. En la zona se mueven el Eln, el Clan del Golfo, los Rastrojos y bandas de venezolanos armados.  Hay que salir de la zona a las 2 pm, para no correr riesgos.

Por más bello que el Cabo sea, esto aún no está preparado para el turismo.

*Escritora