Diario del Cesar
Defiende la región

Manifestaciones

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El derecho de protestar haciendo uso de las calles y de las plazas públicas forma parte de lo que constituye una democracia viva. Vibrante. Alerta. Durante los últimos años el tema de las demostraciones públicas ha sido más frecuente que en otras épocas. Sin duda, durante el gobierno del presidente Duque una oposición organizada hizo de esta herramienta un recurso muy eficaz para crear un ambiente político contra el gobierno y que sirvió de plataforma para la candidatura de Gustavo Petro. Así lo había anunciado y así lo realizó. Y servía de telón de fondo la difícil situación que generó la pandemia. Una oportunidad política que otras fuerzas políticas ni siquiera intentaron aprovechar. Y ahora, ya desde el gobierno, el tema de “el pueblo en la calle” es reiterativo y cuenta, como ocurrió recientemente, con la propia participación del Presidente de la República. Esto es novedoso. Pero el hecho político de las manifestaciones no lo es tanto.

La crisis de la democracia liberal en el mundo le ha dado nueva importancia a la presencia masiva del pueblo en las calles. La ocurrencia de estas protestas sociales forma parte ya de una cultura política global. Sabemos lo que pasó en octubre de 2021 en Chile o nos asombramos con las repetidas demostraciones populares en Francia que intentaron bloquear sin éxito una modificación a la Ley de Pensiones. De la misma manera supimos lo que ocurrió con las promovidas por ‘Los chalecos amarillos’ en Francia.

La gran pregunta es ¿cuál es el grado de eficacia de esta ruidosa y espectacular herramienta política? En algunos casos es innegable que ha generado cambios, en ocasiones radicales y en otras significativas. Y en muchos, carentes de consecuencias.

No sobra hacer estas reflexiones cuando Colombia pasa a ser escenario de este tipo de manifestaciones, unas de apoyo al Gobierno, otras de confrontación con el mismo. Es que en ambos casos hay factores nuevos que merecen ser apreciados y evaluados. Las manifestaciones en favor del gobierno han contado, inclusive, como ya se dijo, con la invitación, agitación y presencia del propio Presidente de la República y, claro está, es inevitable de algunos sectores del Gobierno.

En el caso de las manifestaciones antigubernamentales se encuentran, también, factores novedosos. La protesta del 20 de junio según fuentes autorizadas y testimonios fotográficos resultó ser muy concurrida en Bogotá, Medellín y, en menos proporción, en otras ciudades. Participantes en la manifestación de Bogotá hablan de una población enardecida que gritaba con fuerza y estaba allí con determinación. Algunos me dicen que lo que constataron fue un ambiente fuerte de indignación.

El concepto de indignación me llama la atención porque este es el resultado de varios fenómenos, a saber: desilusión, desesperanza, rechazo a políticas y propuestas, desacuerdo con el trato que han recibido ministros, magistrados o personas del común, es decir, con unos valores culturales que distinguen la vida política colombiana, así ésta haya sido violenta e implacable en muchos casos. No obstante, hay formas que la ciudadanía quisiera que se preservaran.

El tema que desbordó todas las percepciones sobre el Gobierno y que pudo alimentar tanta indignación fue el texto inconcebible de las grabaciones que publicó la Revista Semana y que mostraron un nivel impensable de degradación. Un incentivo a la indignación.

*Exministro de Estado