No es la primera vez que planteo que no existían reglas sobre el funcionamiento de la coalición y que, en consecuencia, era muy difícil esperar que los partidos que la componían obraran como si, realmente, fueran un partido de gobierno. Es impensable que un partido político se someta a la voluntad de un gobierno si no participa en sus organismos de decisión y si no forma parte del proceso decisorio.
Es decir, formar parte de una coalición política significa que la gobernabilidad de esa coalición es democrática y que sus integrantes colaboran seriamente en su funcionamiento. En ningún caso quiere decir que sus votos en el Congreso, sus opiniones en el mismo y en los medios de comunicación están determinados por el Presidente de la República o el Ministro del Ramo, como órdenes indiscutibles. No se trata de una sumisión, sino de una coalición. Se espera que sus miembros sean agentes pensantes, como partidos o como individuos significativos, con representatividad, con capacidad de contribuir a la construcción de una política pública, a su divulgación e implementación.
Una vez construida una coalición se puede afirmar que hay una gobernabilidad democrática que hace viables las políticas públicas que el gobierno ha concertado con los miembros de la coalición. Es que el gobierno no es resultado de un voto programático. Eso se predica para los alcaldes quienes deben registrar su programa en una notaría y se exponen a que su mandato sea revocado después de un cierto tiempo.
La reforma al Sistema de Salud ha sido un ejemplo espectacular de que esos consensos no han existido. Es más. Los miembros de la coalición en repetidas ocasiones han dicho públicamente que no se han respetado los consensos que ellos creían que se habían alcanzado en reuniones con el propio Presidente. No hay reglas.
Es que la política hay que tomarla en serio. No es posible que el Ministro de la Política diga que hay un acuerdo del 99,9% y los miembros de la coalición reiteren que no hay tal, que no es así, que quizás en las conversaciones se llegó a eso, pero que así no se registró ni en el proyecto de ley ni en la ponencia. La perplejidad de la opinión pública ante este espectáculo que ya lleva semanas es descomunal. No saben quién dice la verdad. No saben a quién creerle. Esta pérdida de confianza tanto en el gobierno como en los partidos y en el Congreso se constituye en un daño enorme al sistema político.
Que exista un desacuerdo forma parte de la vida democrática. Pero que la información suba y baje, aparezca acomodaticia según quien la dice, deja una huella de incredulidad, es lo peor que se le puede hacer al proceso político democrático. Es que así se afecta todo el sistema político y no sólo el tema de la reforma al Sistema de Salud. Lo que corresponde llegado a este punto, bastante previsible, lo que resulta obvio es que se construya una coalición política con reglas sensatas que permitan la viabilidad de una gobernabilidad democrática. Como que no hay nada que enterrar. Y sí mucho que construir. Entre todos y con espíritu de consenso.
El espíritu del Acuerdo Nacional debe prevalecer. La seducción de los congresistas es una estrategia que debilita y desacredita el Sistema Político.
*Exministro de Estado