Diario del Cesar
Defiende la región

En búsqueda de los valores perdidos

417

Por estos días, el mundo cristiano se encuentra conmemorando la Semana Santa, y sea una oportunidad cálida para retomar las palabras que el papa Francisco pronunció a su llegada a nuestro país, preso del asombro de quien no está contaminado de posturas ideológicas y políticas que dividen y tiene la claridad de admirar la riqueza natural, cultural y humana que bien podría unir a los colombianos en torno a la búsqueda de un mejor futuro para todos.

Pero para ello es necesario que cada hombre, mujer, joven, adulto, profesional, ama de casa, político, líder, tome conciencia de que el rol más importante que debe desempeñar a nivel social es el de ciudadano, un título que implica derechos, pero también tareas y responsabilidades imprescindibles para construir un país como el que describió el Sumo Pontífice, una Colombia en la que todos queramos vivir.

Vale preguntarse, en estos días de recogimiento, ¿cómo puedo hacerle más amable la vida no solo a mi familia sino también al vecino, a los compañeros de trabajo, a la gente con la que me cruzo en la calle, al resto de la sociedad? O también, ¿realmente vale la pena que los colombianos nos hayamos enfrascadosen un estado de crispación tal que cualquier conversación desprevenida puede terminar en una acalorada discusión?

Eso para no hablar de ese ánimo alterado que parece haberse generalizado y que lleva a una persona incluso a agredir físicamente a quien representa la autoridad o del campo de batalla en el que se han convertido las redes sociales por cuenta de la polarización que descalifica cualquier punto de vista distinto al propio sin siquiera conocerlo, simplemente porque se expresa desde tal o cual orilla política.

La respuesta a estas inquietudes está sin duda en los principios que promulga el catolicismo y que constituyen un manual de buena convivencia ciudadana que, creyentes o no, todos los colombianos deberíamos asumir en aras de construir una mejor sociedad.

Porque si bien el precepto que declara el respeto a la vida por encima de todo resulta imprescindible para nuestro bienestar como Nación, la honestidad, la responsabilidad, el servicio, la justicia, la generosidad y la tolerancia representan un rosario de valores que hacen la diferencia entre un conjunto de personas que son capaces de autorregularse y convivir de manera pacífica y un grupo social en el que reina el caos y el menosprecio por el otro, por su vida y por su pensamiento.

Sin duda, el espíritu de la época ha cambiado. Sin embargo, hay mucha fe a pesar de todo, y todavía los católicos acuden numerosos y entusiastas a manifestarla en las diferentes ceremonias organizadas por la Iglesia.

Por otra parte, a pesar de los cambios y de que es un país más laico, Colombia sigue siendo religiosa, pero su religiosidad no es la misma. Seguramente muchos de los viajeros de estos días se declararían creyentes si se les interrogara, pero optan por descansar o incluso seguir trabajando en los días santos, y la religión no les parece un asunto tan apremiante como a sus ancestros. La religiosidad también ha cambiado si se tiene en cuenta la propagación, bien documentada, de las iglesias cristianas y evangélicas que sin duda han atraído a muchos fieles que antes eran católicos.

En los nuevos tiempos, deberíamos todos los colombianos mantener la Semana Santa como un tiempo de reflexión, para pensar sobre lo que está sucediendoen el mundo y en Colombia y recobrar la espiritualidad. Es una ocasión en la que a cada uno de nosotros le convendría preguntarse si está ayudando a que las cosas mejoren, se reduzcan las desigualdades y la sociedad avance en la paz y la reconciliación. También deberíamos en esta época reflexionar sobre la democracia y cómo preservarla y fortalecerla para obtener los mejores beneficios para todos. Y también, como decía Ignacio de Loyola, deberíamos ser capaces de agradecer las cosas buenas, los dones y favores que hemos recibido.

Que las reflexiones de Semana Santa permitan que se asuma el respeto por la diferencia como punto de partida para evitar no únicamente males mayores como el que debe representar para la sociedad el asesinato de una sola persona sino que también sea la ocasión para entender que es momento de dejar de lado los intereses personales para pensar en lo que Colombia realmente necesita para convertirse en ese país lleno de potencialidades del que el Papa tanto se admiró.