Diario del Cesar
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Dos años sin Martín Elías: un viacrucis que no termina

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“Las palabras tienen poder”, este es un aforismo popular que cada día se hace más evidente, de acuerdo con la insistencia con que se predique el enunciado, dicho de otra forma, se puede asegurar que las costumbres hacen leyes.

Este encabezamiento calza para citar la propaganda de grandeza que Diomedes Díaz comenzó, sin proponérselo, a hacerle a su hijo menor, Martín Elías, cuando en los saludos espontáneos a su prole, siempre le anteponía el adjetivo calificativo, como si esa expresión fuera la clarividencia de los laureles que esperaban posarse en las sienes de su retoño.

El tiempo fue pasando y el “Gran” Martín comenzó a escalar y como si calcara la silueta de su padre, al comienzo no fueron halagüeñas las primeras salidas; a ambos, el molde de la voz desajustó sus cuerdas vocales en principio, tal vez la guerra de inseguridad, nervio o ansiedad destemplaba la afinación e hicieron grabaciones con mares de falencias, pero curiosamente, tenían montados en sus hombros al propio ángel de la guarda, que con su espada protectora, alejaba la lluvia de buitres que pretendían descarnar las débiles presas.

La madurez llega con los años y la universidad del mejor posgrado es la vida, ya con el cuerpo caliente en la segunda salida, ambos en sus respectivas generaciones conocían de qué lado estaban las espinas y donde estaban los arroyitos que deberían saltar y así evitaron un poco, ser hincados y mojados por los detractores que ya eran menos, y por el contrario, se asomaba una flota de seguidores que los llevaron a las rutas de los aplausos y las ovaciones.

La historia así lo reconoce y en el caso de Diomedes, seguir contando sería desparramar aguaceros en terrenos húmedos en el conocimiento sobre la vida de un ser como ‘El Cacique’ de La Junta; uno de esos seres, que solo se repiten en determinados ciclos de la vida, como si fueran regidos por galaxias que dejan caer de vez en cuando a la tierra este tipo de astros con órbita propia.

Lastimosamente, en el caso de Martín Elías, la vida le sonrió tan fuerte al comienzo, que las carcajadas se perdieron rápido en un infinito mezquino que no lo quiso dejar visible en un mundo que ya lo aclamaba como su ídolo.

 

DOS AÑOS DE AYUNO MARTINISTA

 

Ya son dos años sin Martín Elías, después de que la muerte se filtró en el concierto de aquel aciago Viernes Santo y se lo llevó enamorada de sus cantos, las lágrimas no han parado, aunque a decir verdad el torrente ha bajado por la amnesia que, oronda suele atravesársele a los sentimientos, bloqueando los recuerdos y alimentando otras expectativas de las diversiones terrenales.

En Martín todo pasó rápido, tal vez hasta su recuerdo, dos años apenas, y esa fanaticada que lo asediaba, en su gran mayoría ha sido reclutada por otros ejércitos de gladiadores vallenatos, aunque queda un reducto que lo añora. Tal vez, el catálogo dejado por Martín en su corta vida no alcanzó la extensión como para pasearse por su periplo sin el riesgo de la saturación, tal como caso contrario le pasa a la obra de su papá, cuya música es tan extensa que, tiene días en que suena más que los propios artistas activos.

Los que no lo han olvidado, aparte de sus familiares más íntimos, son los carroñeros del dinero fácil, que pretenden dividendos de los pocos ahorros que le dejó a sus hijos, y algunos con desmedidas exigencias, impetraron acciones judiciales para reclamar supuestas prestaciones, que, aunque son un derecho, hay a veces que interponerles el sentimiento, sobre todo por la calidad de persona que fue el hijo Diomedes y Patricia, según lo relatan sus más cercanos.

 

NOBLEZA COMPROBADA

 

“Martín era una persona buena, desde el momento en que murió Diomedes, él se encargó de mama Vira, la metió en la nómina del conjunto y llegaba permanentemente a visitarla, a ella le dio tan duro su muerte como la de su hijo” asegura Elvert Díaz, tío de Martín y quien fuera el que le dio la primera oportunidad en su grupo ‘La Familia de Diomedes’ en  el que tiene una especie de divisiones inferiores en donde foguea a todos los miembros del clan que tengan inclinaciones musicales, de ahí salieron además, Rafael Santos y Diomedes de Jesús.

En estos dos años sin Martín, se siente un acelerado olvido que solo lo saca en ocasiones a flote del recuerdo, las noticias negativas que se generan alrededor de su imagen. En primera instancia las peleas intestinas por sus bienes y el distanciamiento de su esposa Dayana Jaimes de su familia, el robo en su finca, el proceso jurídico que enfrenta el conductor que manejaba al momento del accidente, y recientemente la demanda de sus músicos en el reclamo de las prestaciones sociales.

Todo este tipo de circunstancias que alimentan el morbo, se han convertido en el menú favorito de las redes y de algunos medios que manejan farándula amarillista, sin embargo, las visitas a su tumba han disminuido, al igual que el número de sonadas en las emisoras.

Martín, el famoso ‘Terremoto’, marcó para siempre el calendario sacro del mundo católico por haber coincidido el accidente con la celebración de aquel 14 de abril de 2017 con el Viernes Santo, una fecha supersticiosa para los creyentes de la palabra. A esa supuesta desobediencia de las cosas divinas se aferran los más puritanos, para tomar como causa de la tragedia, aunque por ser una fiesta mutante, es decir que, no cae fijo ese 14 de abril todos los Viernes Santo, algunos atribuyen eso a cosas del destino.

El apego que demostró Diomedes Díaz por su hijo menor con Patricia Acosta Solano no fue por capricho, el vocalista necesitaba desahogar una pena que siempre lo taladró como lo fue la muerte de su tío Martín Maestre con quien comenzó su carrera musical, pero que un fatídico accidente de tránsito en la vía a Patillal se lo arrebató con el agravante de que Diomedes era el conductor.

En su afán de reponer ese nombre, vio el nacimiento de su cuarto hijo del matrimonio con Patricia, como el tiempo perfecto para encarnar los recuerdos vividos con sus tío, en esa criatura que Dios le acababa de regalar, y como una decisión premonitoria, el muchacho se inclinó por la música alcanzando a ‘cortar rabo y oreja’ como lo expresó su padre en uno de los tradicionales saludos de las grabaciones vallenatas, y como si fuera poco, tendría a su vez, tránsito corto en la ruta terrenal y así como el tío, también murió trágicamente.

La fanaticada que crecía como espuma vivió la verdadera crucifixión  ese fatídico día, coincidencial con la pasión y muerte de Cristo, el viacrucis llegó después, desde el mismo afán de los médicos por salvarlo, pero ya el destino había programado que su madre encarnaría a la Dolorosa, quien con vestido negro llegó destrozada al encuentro con el cadáver de su hijo, ha sido según lo ha expresado, Patricia Acosta Solano, el momento más duro que le ha tocado vivir, porque si bien todos los hijos se quieren igual, Martín era el consentido.

Después de una paupérrima atención que cotidianamente prestan los hospitales de la costa a los que en vez de ‘transfundirles’ recursos, lo que hacen es desangrar sus presupuestos los políticos de turno. Martín murió en medio de las desgarradoras escenas de los acompañantes que se negaban a creer que una voz y un alegre cantor que se acaba de despedir en Coveñas, complaciendo a sus seguidores, ahora estuviera yerto como el mismo cuerpo de Jesús cuando fue bajado de la cruz, después vendría el traslado a su tierra luego de que el parte médico de Sincelejo había dictaminado su partida, las expresiones de cariño en cada pueblo evidenciaron el crecimiento que llevaba el muchacho  que acababa de repetir la historia de Kaleth Morales, dos mozalbetes a los que el destino les cortó las alas cuando apenas enfrentaban la turbulencia de la fama.

Hoy 730 días después Valledupar y Colombia recuerdan esa despedida masiva como se suelen acompañar a los ídolos en la tierra de los acordeones. En esta fecha, su tumba vuelve a convocar a los fieles adepto de su garganta exitosa y toda esa gracia heredada del hombre que le gestó su vida y le pasó sus genes y que hoy, lo sigue teniendo en la vecindad solemne del camposanto, donde los dos seguramente, se abrazan silenciosos para entonar conciertos que solo se escuchan en el confín divino donde reposan sus almas.