Diario del Cesar
Defiende la región

El horizonte apenas despunta!

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Desde el arribo de Hernando de Santana a mediados del siglo XVI secundado por los padres Dominicos, el desarrollo de Valledupar ha tenido disimiles perspectivas y circunstancias que han movilizado las dinámicas de crecimiento de nuestra capital. En los tiempos prehispánicos, los Chimilas habían construido una singular cultura que, no obstante su valía y fragor de resistencia, fueron exterminados por la invasión regentada desde Santa Marta.

La dimensión de ciudad en el territorio que hoy conjuga el núcleo urbano de Valledupar deriva de lo ocurrido durante los últimos 100 años, pues a principios del siglo pasado era sólo un villorrio con la población que ahora tiene el más grande de sus corregimientos.  El valor y utilidad del asentamiento agrícola y ganadero en la época de la colonia radica en su ruralidad, que conecta la ribera del río Magdalena con el Puerto de Riohacha.

En sus alcances geográficos hoy integra 4.500 km cuadrados de extensión y es el nodo histórico y cultural de la diáspora donde se incuba el folclor, venido desde los patios de ese país vallenato que la refiere como su centro de vida.  No obstante que su extensión se equipara a la sumatoria de las cinco principales ciudades del país, el acceso y oportunidad de tenencia de la tierra ha sido siempre un asunto de privilegios y control que ha estado concentrado, desde las cedulas reales que apropiaron la titularidad y el derecho a su disfrute.

La visión transformadora del precursor de la reforma agraria en nuestro país, definió esquemas para el aprovechamiento de fértiles tierras, que para el caso del Valle de Upar nunca fueron ensayados por las prevenciones y apego al control absoluto del uso y culto a las extensas áreas que apenas cuidaban sus tenedores.  El entonces presidente de Colombia lamentó que en los campos de sus antepasados por línea materna se tuviera tal desconfianza a la iniciativa gubernamental, que decidieron evitar comunicación oficial sobre el particular.

Alfonso López Pumarejo también padeció el oportunismo local en su propósito de conectar la naciente ciudad de su tiempo con las provincias cercanas, pues debió encargar negociadores plenipotenciarios para acordar los términos y costos prediales para la conversión de los caminos reales de entonces, en vías y trochas para el incipiente transporte vehicular que asomaba en algunas regiones. 

La migración que trajo consigo la confrontación de chulavitas y cachiporros a mediados del siglo pasado, sin haber sido el Caribe en principio, escenario protagónico del teatro criminal que sobrevino en muchas regiones de la nación, sí atizó un sustantivo desplazamiento de hordas de desposeídos que se establecieron en la ciudad por cuenta de su apacible estancia y la dinámica comercial que afloraba por aquellos tiempos.  Las movilizaciones y procesos de conquistas sociales, terminan en poblamiento de varios de  los ahora tradicionales barrios del suroccidente y el centro geográfico de Valledupar.  La legión de  quienes encabezaron la ocupación de tierras para abrigarse en  postreras viviendas  de amparo, encontró una resistencia organizada que después de tensiones y sacrificios, finalmente acordó convenios de transacción y legalización.

Con la creación del departamento a finales de 1967, se consolida la capital como depositaria de la agenda de inversiones y políticas que promueven los desarrollos y construcción de la infraestructura de ciudad que progresivamente se edifica con los recursos que trajo consigo la bonanza algodonera, aparejada con la de “la marimba”  que permitió emerger a familias tradicionales, incluidas algunas del sur de La Guajira que desde entonces aquí se establecieron. La perspectiva del imponente crecimiento inmobiliario que transita la ciudad en la década de los 70 y principios de los 80, se fracturó con la crisis agropecuaria que sobrevino hasta finales de los 90, cuando las oportunidades laborales y la inversión pública derivada del mundo minero activaron los nuevos modelos de urbanizaciones que ampliaron el perímetro urbano.

Vivimos éste último decenio como el de apertura al crecimiento vertical que ha elevado exponencialmente el valor del suelo y asegura un poder definitivo a la sociedad familiar de constructores, financiadores y dueños de predios que legalizaron y reconcentraron las posibilidades de expansión a partir del ordenamiento territorial que establece la prospectiva de los servicios domiciliarios y comerciales de la ciudad. Ya el mapa está diseñado y con éste las rutas del horizonte por lo menos hasta mediados del presente siglo.

Entre tanto, se ha venido modelando un dique de control y contención a eventuales alternativas de ampliación horizontal de la ciudad, por intermedio de las casas-campos, expresiones arquitectónicas que revelan el talante cultural de la idiosincrasia local que busca integrar entornos tropicales desde la concepción antropocéntrica de vida; éste estereotipo es referente de construcción social que ya alteró los imaginarios de la vida rural, con lo cual se observa en los corredores viales un desplazamiento de la vida campesina por agitados paraísos.

Resulta impajaritable advertir que durante estos 469 años es mucho el reverbero  que se ha reflejado en la aguas del Guatapurí desde que el pueblo Chimila  y muchos de sus descendientes en el territorio integran “estirpes condenadas a vivir cien años de soledad  sin que puedan alcanzar por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra…”.

En la estructura de sociedad que hemos construido durante éste periplo, se concentró el poder económico y social en la tierra, mientras los últimos indicadores del Dane nos sitúan de acuerdo a los resultados, en la cuarta ciudad del país con mayor pobreza monetaria extrema. El ADN del Valle de gracia que habita en nosotros de manera directa, demanda rehacer la relación de medios, modos y decisiones que promuevan la convivencia de todos, lo que no se agota en la suerte personal sino que trasciende en  ayudar a  encauzar el mundo del prójimo.[email protected]    

@MorenoPCristian

*ExGobernador