Diario del Cesar
Defiende la región

Majoma’, el profeta macondiano del viejo Valledupar

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Con su eterno compañero, el sombrero que protege su memoria prodigiosa, y unas gafas oscuras para que no lo enceguezca el cambio de la modernidad, Majoma sigue tan carismático y cordial narrando las historias de su viejo Valledupar.

Por
WILLIAM
ROSADO RINCONES

Hablar de Mahoma o simplemente ‘Majoma’ en Valledupar es como colgársele al estribo de Macondo, un territorio que universalizó Gabriel García Márquez, inspirado en las cosas que aún siguen ocurriendo en estos territorios.

Tal vez, el nombre de Manuel Medina Zapata no diga nada en el directorio de nombres y apellidos que fundaron aquella aldea de soñadores que muchas familias forjaron a orillas del río Guatapurí. Pero si mencionamos a ‘Majoma’, es como destapar la Caja de Pandoras, y descubrir la esencia de un hombre que aún sigue disparando la chispa de la idiosincrasia auténtica de los nacidos en la tierra del Cacique Upar.

El responsable de que su nombre de pilas se haya diluido en el tiempo fue el hacendado  Luis Sierra, quien aplicando sus conocimientos acerca de la vida del profeta del Islam, quien era oriundo de la ciudad de Medina, lo asocio con el apellido del personaje vallenato y comenzó a llamarlo simplemente como Medina, hasta taladrar esa costumbre en su familia y generaciones venideras, herencia que trasladó a su descendencia, casi todas hijas, a quienes comúnmente en Valledupar llaman como: ‘Las Majomas’, Dueñas de la mejor sazón culinaria de la comarca, un marcaje cultural de la región.

EL APELATIVO

Todo fue por culpa de un potro salvaje, al que Manuel se le montó a puro pelo, el que se desbocó por las pocas calles del barrio La Garita en el naciente Valledupar, la velocidad del joven caballo y su ‘corcobeo’ no pudieron tumbar el joven jinete, quien pasaba por portones y alambres como una ráfaga de aire. En uno de esos trances y ante el peligro de dejar la cabeza en una de las compuertas de las fincas vecinas, Medina Zapata resolvió arrojarse, lo que le produjo golpes y heridas, por lo que tuvo que ser llevado a manos del Dr. Ciro Pupo

Martínez, una de las pocas eminencias de la medicina del viejo Valledupar.

Ante esa hazaña, el señor Sierra, al ver su pericia en el lomo del potro, le manifestó: “usted debió llamarse Mahoma, usted es un prodigio, además, su apellido Medina, es el nombre de la ciudad donde nació el profeta, desde hoy a usted lo llamaré así”, y en efecto así se quedó hasta el sol de hoy.

Manuel Medina Zapata es de padre fonsequero y de madre nacida en Los Tupes, una población cerca de San Diego, pero él nació en Valledupar hace 90 años, fue de los primeros egresados de la antigua Escuela de Artes y Oficios de Valledupar, hoy Colegio INSTPECAM, de donde egresó como herrero en 1947. Muchos de los primeros médicos y abogados prestantes de Valledupar estudiaron con él en esa promoción, pero por su pobreza, le tocó quedarse en el pueblo ejerciendo la herrería en lo que se volvió el más ducho de la región.

“Durante mi época de estudiante me gané la confianza del profesor Ribón, un cachaco al que le aprendí el arte, y al ver mi inteligencia me puso como segundo de él, pero le tocó irse de Valledupar, entonces el rector me dio el mando a mí. En épocas de vacaciones me dejaba las llaves del taller, y como aquí en esa época no había soldadura eléctrica, comencé a hacer trabajos allí y toda esa plata era para mí”, narra ‘Majoma’.

De esa manera, adquirió Manuel, la destreza en esta profesión, en la que era el amo y señor de toda la zona, con esas entradas ayudaba a su mamá, pues a ella le tocó criarlo solo, ya que su padre había muerto ahogado en el río Guatapurí, cuando él era un niño, su madre para entonces trabajaba para la gente de plata como doméstica.

Esta situación le permitió relacionarse con ese estrato haciendo amistades con muchachos que luego fueron ilustres personalidades de Valledupar y el viejo Magdalena como ‘Pepe’ Castro, Ciro Pupo, Evaristo Gutiérrez, padre del compositor Gustavo Gutiérrez, entre otros.

Con la plata que ganaba, sacó a su progenitora de los oficios domésticos. Además, le permitió galantear a las damiselas del momento, convirtiéndose en la figura de moda, con registros inmemoriales según él, de las mujeres que se dejaron arrastrar por la sensación térmica de su acalorado ataque.

Con la responsabilidad de sostener a una madre y a su hermana se quedó en Valledupar, pese a que en dos oportunidades le enviaron una beca para que estudiara en la Base Aérea de Palanquero en Bogotá, en donde se quedaría como un experto en reparación de aviación, pero prefirió volar en las entrañas de su pueblo, en donde al calor de un buen trago, conquistaba amores y amigos que lo hacían el rey de la herrería en el Valle.

ARMERO

Más tarde comenzó el arte de reparación de armas, es decir se convirtió en el más sagaz armero de esta provincia, trabajo que según él ejerció hasta cuando esto se puso malo, es decir cuando asomaron los primeros grupos que le arrebataron la tranquilidad que cubría toda la zona.

“Dejé de arreglar armas porque empezaron a llegar muchos desconocidos, y yo dije no, yo mejor me retiro de esto, no vaya a ser que le arregle un arma aun carajo de estos y me dé con ella misma, por eso me retire de eso” sostiene Medina.

En ese trance de ser el mejor herrero, administró un taller, después de salir de la Escuela de Artes, lo que le permitió fabricar las mejores ventanas con remache que se hacían en esta parte del país, por eso le llegaban trabajos de muchos pueblos de los hoy departamentos de La Guajira, Bolívar y Magdalena, esto le permitía ganar mucho dinero, pero casi todo quedaba en las alforjas de las mujeres que lo asediaban.

NUMEROSA FAMILIA

Aún con ese desorden sano, logró hacer hogar con dos mujeres al mismo tiempo, a las que les alojó 23 hijos, 13 a una y 10 a otra, descendencia que, por culpa de Luis Sierra, hoy se conoce como: ‘Los Majomas’, sembrados, unos en el barrio La Guajira, y otros en el 12 de octubre de Valledupar. Manuel Medina, a pesar de los años es un hombre feliz, vive rodeado de sus hijas especialmente, unas mujeres que tienen el don, de ser las más reconocidas cocineras de los platos típicos de la región y quienes no han tenido que esforzarse para bautizar los sitios donde ofrecen sus viandas, pues todo el mundo en Valledupar sabe, en dónde están ‘Las Majomas’, y el que no sabe, llega atraído por el aroma exquisito que emanan sus comidas.

Este don de la cocina criolla las ha catapultado tanto que, ya hacen parte del catálogo cultural de Valledupar, y donde quiera que se haga una muestra gastronómica de esta región, ahí tiene que estar la mano de alguna de las descendientes del gran Manuel Medina, quien hace parte del inventario de los lugares donde sus hijas instalan sus negocios, en donde siempre es consultado para que siga narrando estas historias cargadas del mismo embrujo mágico que plasmó García Márquez en Cien Años de Soledad.

Con una lucidez meridiana, Manuel Medina Zapata, aún recuerda los linderos de los solares que adquirió en el lugar de donde nunca se ha ido, el que está sobre la carrera 4 de Valledupar y que hoy se conoce como el Callejón de ‘Majoma’, por cuyos traspatios se volaba a cumplir las citas con cupido, lo que le dio el rótulo del hombre más mujeriego de su generación.