Diario del Cesar
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Alejandro, campeón mundial de paraciclismo, la luz de su casa y de las pistas

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Alejandro sabe que está en esos días en los que no puede ni comer en paz, aunque es riguroso con las horas y la dieta. También es consciente de que todo es esfímero. Que pronto seguirá con su rutina y que se tiene que preparar para el futuro, cuando su condición (displasia) no le permita correr más ni representar al país.

El día que lo “retiren” por sus problemas de salud, regresará al núcleo, a esa familia para quien su llegada fue una inmensa felicidad y lo sigue siendo (ver anexo).

Juntos han superado momentos díficiles y han vivido los más bellos, muchos de esos sin medallas. Así lo reconoce José Orlando, el hermano mayor, quien manifiesta que el día más feliz fue cuando nació Alejandro (a los 8 meses, ya que se adelantó a llegar).

Gracias a su familia, el joven dejó la depresión que lo llevó a tener sobrepeso, cuando a los 10 años le diagnosticaron la displasia y encontró en el ciclismo paralímpico una manera de hacer lo que ama y ser feliz.

Fue un proceso complejo, pues inicialmente no quería hacer nada, pero con la ayuda de su tío Francisco se dedicó a la bicicleta, su eterna compañera de vida.

Desde los 15 años, cuando conoció el paraciclismo, empezó a entrenar y aunque no es fácil, pues los dolores y las molestias que le generan las articulaciones rigidas, son duras de sobrellevar, nunca ha faltado a la cita en el velódromo o la ruta con su bicicleta.

El medallista cambia la facción de su rostro, se torna rígida y afirma que ser deportista de alto rendimiento con su condición no es fácil. “No hay día en el que no sienta dolor, molestia y sé que eso no va a cambiar, por el contrario se pondrá peor pues mi enfermedad es degenerativa, así que llegará el momento que no pueda montar ni competir”. Se queda en silencio, mientras seca una lágrima que se le escapa y cae por su mejilla.

Así como lo hace en su cicla, toma un segundo aire y continúa: “esto es mi pasión y por eso todos los días salgo a entrenar, porque quiero seguir ganando, clasificar a los Juegos Paralímpicos, tener el honor de representar al país en la máxima cita y ser medallista”. Sus ojos brillan y su sonrisa es amplia, como sus sueños y sus metas.

 

Un petición especial

La alegría por las medallas, oro, plata y bronce en el Mundial de Holanda, aún lo acompañan, y se han convertido en la fuerza que lo lleva a alzar la voz, esa que cambia de tono al reconocer que corrió con una bicicleta dañada y se pregunta: ¿cuáles habrían sido los resultados con una cicla en buenas condiciones?

Trata de pasar la página, pues reconoce que además de su familia, ha recibido manos amigas que le han ayudado, como los dueños de bicicletas Strogman, quienes al saber que tuvo una caída antes del Mundial y sufrió la pérdida del casco, se lo repusieron para que pudiera representar al país. Del programa Talentos Postobón, un gran sorporte para su preparación y de Indeportes que también lo respalda.

Claro que la mención especial es para José Orlando, su hermano, a quien ve como padre, amigo, confidente y mano derecha. El mismo que, económicamente, lo ayuda para que siga siendo feliz en lo que le gusta, el ciclismo.

“Nosotros somos campeones mundiales, algo que no es fácil y necesitamos que los entes que rigen el deporte nacional nos traten como merecemos, que nos entreguen dotación adecuada, para entrenar y competir”, afirma Alejandro, mientras luce orgulloso sus preseas.

Por ahora disfruta con su familia de unos días de descanso, pero pronto regresará a la pista para alistar lo que será su actuación en las Copa Mundo de Italia y Bélgica en abril, donde espera llegar a lo más alto del podio, ojalá con una bicicleta nueva para seguir haciendo historia y dándoles gloria al país y a su familia