Diario del Cesar
Defiende la región

La ambigüedad escurridiza

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La palabra presidencial debe cuidarse y no puede feriarse todos los días. Tampoco puede servir como prueba acomodaticia para alegar constantemente que “no se dijo lo que sí se afirmó”. Eso le hace perder credibilidad al discurso presidencial.

La Universidad de los Andes acaba de publicar un libro magnífico titulado “Alberto Lleras y su máquina de escribir” en el cual no se sabe qué admirar más: si la elegancia del estilo que manejaba Lleras o la precisión de sus mensajes políticos. Es un buen ejemplo de un presidente que cuidaba superlativamente todo lo que decía.

El estilo del presidente Duque (que no escribe ninguna de sus intervenciones, que habla profusamente y que todo lo improvisa), tiene por supuesto el derecho de utilizarlo si cree que es el que más le conviene, pero entraña el riesgo que a menudo deba estar recurriendo al nefasto “yo no dije lo que están diciendo que dije”.

Y esto por supuesto no solo echa por el suelo la credibilidad del discurso presidencial como un todo, sino que -me atrevo a pensarlo- buena parte de la baja aceptación que el presidente registra en las encuestas proviene de que la gente cree cada vez menos en sus discursos por las frecuentes contradicciones, y por los retruécanos verbales a los que recurre para darle un sentido diferente a lo que originalmente afirmó.

En esta última semana he registrado, por ejemplo, cuatro volteretas lingüísticas para deshacer ex post lo que había dicho originalmente. Y para acomodar el mensaje original a escenarios menos controversiales. Veamos.

El primero tiene que ver con lo que comentó en un magnífico análisis El Espectador de septiembre 11 titulado: “La confusa postura de Colombia sobre la suspensión de patentes para el covid”, en donde se ilustra cómo la presidencia dijo originalmente estar en favor de una moratoria temporal para las patentes de los productores de vacunas para acelerar su producción (como lo habían propuesto India y Sudáfrica y había sido apoyado cien países en la OMC); y luego dijo exactamente lo contrario.

Otro ejemplo tiene que ver con el plazo de cien días que el mismo presidente Duque anunció para la reconstrucción de Providencia. El plazo que se auto impuso quedó grabado. Pero cuando hubo evidencias de que la reconstrucción iba a tomar más tiempo, en vez de reconocerlo, salió en cuanto noticiero le ofreció micrófonos a decir (en una nueva pirueta verbal) que él no había dicho lo que estaba grabado paladinamente que había afirmado.

El tercer retruécano lingüístico tiene que ver con la saga de la ministra Abudinen que tuvo el lánguido desenlace ya conocido: la renuncia que el propio presidente tuvo que pedirle a regañadientes a la ministra cuando la situación se volvió insostenible.

Originalmente tanto el presidente como Abudinen sostuvieron con énfasis y desenfado que no había un caso de “responsabilidad política”, pues quienes se habían robado la plata eran unos delincuentes de cuello blanco a quienes la ministra había denunciado. Olvidando que esa no es la “responsabilidad política” que incumbe a los altos funcionarios del estado cuando algo importante sale mal; así ellos no sean culpables penalmente. Las explicaciones que alcanzaron a dar tanto el presidente como su ministra de por qué no había “responsabilidad política” fueron patéticamente inapropiadas.

El último caso de ambigüedad escurridiza se vio cuando salió a decir, ante la prueba de sobrevivencias que ofrecieron sus secuestradores, que el comandante del ejército General Zapateiro no había dicho lo que en realidad sí dijo en tono marcial por la televisión: que el coronel Pérez podría estar muerto en Venezuela a manos de la disidencia narcotraficante de las Farc.

Cuatro volteretas verbales en solo una sola semana.

Cuando mucho se habla mucho se yerra, dice el proverbio. Pero ya que se habla mucho por lo menos hay que cuidar la precisión de las afirmaciones presidenciales, para que éstas no tengan que estar aclarándose a diario con el consabido “yo no dije lo que usted dice que dije”.

Pues por este camino es todo el abigarrado discurso presidencial el que termina cayendo en descrédito. Como parece estar sucediendo.

*Exministro de Estado