Diario del Cesar
Defiende la región

Veinte años después, todavía sigue el dolor 

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Hace veinte años, la vida en Nueva York, Washington y en general de los Estados Unidos transcurría en la normalidad, cuando un avión se estrelló contra el edificio número uno de las Torres Gemelas. En poco tiempo, otra aeronave impactó la segunda torre, otro más se estrelló contra el Pentágono, la sede del poder militar en la capital y un cuarto cayó derribado por sus propios pasajeros cuando, al parecer se dirigía hacia la Casa Blanca o al edificio del Congreso.

El presidente de entonces, George W Bush, se encontraba en una escuela de Sarasota, Florida, en medio de niños, cuando fue informado de lo que parecía un accidente. Siguió allí, con aparente calma, cuando un segundo aviso hizo que se terminara la reunión, su cuerpo de seguridad lo llevara de prisa al avión presidencial e iniciara un periplo de más de diez horas por toda la geografía estadounidense. Luego se supo que mientras sus escoltas trataban de mantenerlo por fuera de la capital, Bush insistía en regresar a su sede.

Ya no había dudas: era el ataque desarrollado por una organización terrorista, Al Qaeda, de la cual se tenían abundantes pruebas de su existencia, de su intención de atacar los Estados Unidos y de la protección que les proporcionaba los Talibán que gobernaban Afganistán, desde donde fue planeado y dirigido. Personas entrenadas para manejar esos aviones, algunas de las cuales eran conocidas y seguidas por las fuerzas de seguridad de la primera potencia del mundo, estrellaron tres de los aviones contra los objetivos que tenían previstos.

Tres mil personas murieron en medio de esa locura. Fue la primera vez en la historia de los Estados Unidos que la guerra tocaba su territorio, comandada por Osama Bin Laden y realizada por un grupo que se mostró como Estado sin serlo. Era la declaración de guerra contra la potencia militar más grande del planeta, en su propio espacio y aprovechando el factor sorpresa que utilizó a los cientos de pasajeros civiles y a los miles asesinados de manera cruel para desafiar a los gobernantes de la Nación con la mayor democracia de Occidente.

Las escenas de dolor, destrucción e impotencia eran reproducidas sin cesar por la televisión y los demás medios de comunicación de entonces, en tanto los cielos de los Estados Unidos se cerraban y se tomaban desesperadas medidas. Posteriormente, el gobierno del país norteamericano empezó a reaccionar, identificó a los autores del demencial ataque y ordenó la respuesta, el ataque contra el terrorismo donde fuera hasta encontrar a los autores de lo que sin duda fue un desafío monstruoso contra la civilización, realizado por el extremismo islámico.

Pocos meses después comenzó la invasión de Afganistán, comandada por los Estados Unidos y respaldada por la Organización del Tratado de Atlántico Norte, la Otan. Veinte años transcurrieron, más de cien mil afganos murieron y miles de soldados y funcionarios estadounidenses perecieron o fueron heridos en esa guerra que culminó el pasado 31 de agosto. Sin embargo, el Talibán regresó al poder en el país asiático, y la amenaza del terrorismo islámico sigue rondando al mundo. Paradójicamente lo ha dejado vivo su más encarnecido enemigo: Estados Unidos.