Diario del Cesar
Defiende la región

A los que le gusta que al país le vaya mal 

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No hay solución a la vista después de un mes de paro y vandalismo. Gobierno y Comité Nacional del paro siguen en posiciones distantes, si bien intentarán lograr algún acuerdo, está más lejos por las razones obvias en que bajo el chantaje no se puede negociar. Como tampoco entregar las instituciones ni las cabezas de los altos servidores públicos por el simple querer de quienes un día se les dio por adueñarse del país paralizándolo y bloqueándolo.

La situación para la economía real es dramática, con miles de empleos perdidos y otros en riesgo porque decenas de fábricas, comercios y empresas están cerradas. En la mayoría de compañías, los empleados quieren acudir a sus trabajos pero no pueden por los bloqueos de calles y carreteras y por las amenazas de manifestantes contra sus bienes y vidas si osan romper el paro. Esa es la triste realidad que vivimos hoy. Y cuando la gente honesta, decente y trabajadora trata de salir a marchar con pañuelos blancos, los del otro lado los descalifican e invocan los derechos humanos, corito que tiene eco en el exterior.

Pero cuando una sociedad empieza a creer que nada tiene sentido, que todos estamos mal, que no hay mucho futuro, que el progreso o el crecimiento son confabulaciones capitalistas, las cosas verdaderamente terminarán mal. En Colombia hay un grupo de líderes políticos, empresariales y generadores de opinión que le apuestan a sembrar caos y desilusión para que todo vaya mal, con el objetivo de que no haya una escalera de progreso económico, sino toda una sociedad sumida en la pobreza, de tal manera que sus ideas de resentimiento social se consoliden atacando a un modelo económico que ha dado muestras de progreso, en medio de muchos retos que evacuar.

Los casi 40 días de bloqueos no tienen un objetivo distinto a sepultar la economía, instalar la destrucción colectiva y evitar que la gente salga a producir para poder vivir o alcanzar unos mínimos de bienestar. Y es que la estrategia de los bloqueos tiene aliados complejos: el primero es la pandemia, que generó un estado de tensión individual y social por las cuarentenas, los tapabocas, los cierres comerciales, el distanciamiento y el estudio y trabajo en casa. Todo se juntó y empató con las protestas y el desabastecimiento. Ningún país ha logrado la sumatoria de hechos nefastos como los alcanzados en Colombia, picos de coronavirus más bloqueos a la movilidad.

El segundo aliado de los largos bloqueos son las movidas oscuras de los jugadores de póker, que no quieren ceder y le apuestan a que todo vaya mal, a que las posiciones se radicalicen y el caos se instale en las rutinas diarias. Las protestas no solo han perdido el horizonte en los temas angulares de los pliegos de peticiones, pues el Gobierno Nacional las ha cumplido (subsidios a los jóvenes), sino que se han devuelto en contra de las mismas familias que ven cómo todo es más traumático, caro y oscuro. Esos apostadores en contra de su propio país y su gente, fieles a Murphy, quieren hacer creer que una empresa no presta un servicio público o transforma un producto de consumo masivo; quieren sembrar la idea de que es mejor destruir a aquellas personas e instituciones que convierten diariamente productos y servicios en bienes públicos y generan calidad de vida.

Nada más retorcido en contra del país que intentar destruirlo con bloqueos y vandalismos interminables contra toda su infraestructura industrial, manufacturera, comercial o financiera, para luego posar de pacificadores en un campo de batalla, como elegidos por la minoritaria turba enardecida que ha acabado con todo.