Diario del Cesar
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Dora, ´la bailadora´ que sobrevive de su propio arte y cultura 

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Durante los tres años que lleva en Santa Marta, se ha dedicado a bailar en los semáforos para ganar el pan de cada día. 

Quizás muchos la han visto en diferentes semáforos de la ciudad, para otros será una completa desconocida o una “loca” bailando sin son ni ton, pero lo cierto es que es una mujer que día a día se despierta con la firme convicción de trabajar y seguir adelante con su vida, dejar atrás los tropiezos y caídas que a lo largo de sus 55 años le ha tocado vivir.

Con sus trajes folclóricos, que llenan de color las esquinas por donde se mueve a ritmo de Celia Cruz, del Joe Arrollo, Daddy Yankee y hasta de Gloria Gaynor con su icónica canción I Will Survive, esta mujer vestida de lentejuela se lleva las miradas de sus espectadores, que ven ella el reflejo del rebusque y tenacidad, que con simples movimientos de manos y cadera logra rebuscarse la vía.

Ella es Dora Ángel Vivas, una mujer de nacionalidad venezolana y que lleva radicada en Colombia hace más de tres años. Desde que llegó de su país ese 3 de mayo del 2018, fecha que aún recuerda como si hubiera sido ayer, debido a que ese día su historia se partiera en dos, con un nuevo comienzo en la ciudad dos veces santa, la que la acogió desde su llegada y hoy en día la siente como propia, ya que le ha dado la oportunidad de un nuevo renacer al paso de un buen tango, salsa o un reggaetón.

Dorita la bailarina, como cariñosamente la conocen, era una próspera empresaria en Maracaibo, tenía su propia empresa de lácteos, casa y hasta carro, pero como la vida puede cambiar en un abrir y cerrar de ojos, se quedó sin nada, la crisis social y económica que vive nuestro hermano país hizo que se quedara en la calle y sin tener que comer. No encontrando otra alternativa optó por la decisión que han tomado miles de venezolanos, y fue armar sus maletas y emigrar en búsqueda de nuevas oportunidades.

Arribó a Santa Marta, en donde ya vivía su hija con su yerno y sus dos nietas, que son su adoración, llegó con la intención de buscar trabajo, pero al pasar de los días que se convirtieron en meses, no logró conseguir nada, ahí fue donde pensó en bailar en los semáforos, ya que el baile siempre era su afición y hasta en sus años de juventud hizo parte de un grupo folclórico de baile, en donde tuvo según ella como maestra a la reconocida bailarina venezolana Yolanda Moreno.

Hace 20 años es viuda y fruto de ese matrimonio son sus dos hijas, una vive actualmente en Bogotá y la otra con ella aquí en Santa Marta. Dora, sale de las 5:00 a.m. a trabajar, a buscar su sustento diario, pues dice que no quiere ser una carga para su familia. “No es fácil pararse en una calle, aguantar el calor, el sol y hasta insultos de personas que me gritan que vaya a trabajar, que me dicen vaga y otras groserías, pero la verdad es que, si no bailo no como”, dijo con voz de entrecortada, pero también agradeció la generosidad de decenas de conductores y transeúntes que respetan y apoyan su trabajo, dice que son más las personas buenas que las malas y eso la impulsa a seguir bailando por la vida.

“Hace poco llegó un ángel mandado por Dios, ya me iba para mi casa, solo tenía en mi bolsillo 1.200 pesos y en mi estómago solo tenía un pan de 500 con una bolsa de agua. Era la última canción que iba a bailar en el día, cuando de repente aún automóvil rojo bajo un poco su vidrio y me entregó un billete, pensé que era de dos mil y me lo guardé en mi bolsillo, cuando lo sacó y para mi sorpresa era un billete de 50 mil pesos, mi corazón se aceleró e inmediatamente salí a comprar comida para llevar a casa”, contó con entusiasmo Dora.

Hay días en que se va para su casa con solo dos mil pesos, ese dinero lo trata de rendir para las tres comidas, otros días buenos donde se puede hacer hasta 20 mil. Gracias al baile logró ahorrar y comprar una bicicleta y un parlante, sus dos compañeros inseparables, uno en el suelo sonando a todo volumen mientras ella con su danza para público y la otra (la bicicleta) a un costado del semáforo, donde nunca la pierde de vista, pues contó que en más de una ocasión han tratado de robarse su medio de transporte.

Dorita la bailarina no pide nada, solo que aprecien su labor y respeten su oficio, pues así se gana la vida, sin hacerle daño a nadie y tratando de sacarle una sonrisa desde muy temprano a quienes la ven bailar. Anhela que la vacunen contra el Covid-19, así podrá salir a bailar más seguido sin miedo a contagiarse. “Seguiré bailando hasta que Dios me dé fuerza y me lo permita, de algo tengo que vivir, sin hacerle ningún mal a nadie, transmitiendo fe, amor y esperanza”.