Diario del Cesar
Defiende la región

Nació con malformaciones  

21

No hay dudas que la reforma tributaria craneada, auspiciada y presentada por el Gobierno Duque y el partido que lo respalda, generará un duro golpe al bolsillo de los colombianos. No ha habido un solo sector de la sociedad o del aparato productivo que haya salido a respaldarla. Para no hablar del aparato político, buena parte de él aceitado y comprado. No nos digamos mentiras, el legislativo, no todo desde luego, ya fue comprado, sobornado, para que a pupitrazos pasen este esperpento que nació con malformaciones congénitas, insuperables en un sistema político sensato, de sobrevivir.

Aquí no hay que prestarle atención a las lamentaciones y el lloriqueo del Gobierno. Los congresistas ojalá y en un acto de reflexión y honestidad política, pero sobre todo con sus electores, no accedan a las pretensiones de un Gobierno que se desbocó en sus propuestas. No encontraron a otros más pendejos para meterle la mano al bolsillo que a la clase trabajadora y clase media de este país. Ninguna nación del mundo ha estado pensando en estos momentos de emergencia sanitaria y económica de manera alcabalera como lo hace Colombia.

Ahora bien, el problema con los impuestos en países como Colombia no es si habrá una nueva reforma tributaria, sino cuándo volverá a suceder. La pandemia ha precipitado la corta duración de los ajustes tributarios en países con estatutos abigarrados, anquilosados, robustos, oportunistas y carentes de herramientas digitales. A lo largo de la historia reciente, ningún ministro de Hacienda ha logrado solucionar de tajo el problema de los ingresos estatales y siempre acude a las soluciones más fáciles que son poner más impuestos ante la incapacidad de recortar el gasto público y comprometerse con un Estado austero. Y el actual no iba a ser la excepción.

Y lo más doloroso es que la fórmula siempre es la misma: revisar al alza el IVA, apretar la renta de las personas y endurecer las obligaciones de las empresas. En esta oportunidad la pandemia es una excusa indebatible para poner más impuestos, pues hay un aumento evidente de gasto fiscal financiado con deuda con la banca multilateral y se ha entrado en una suerte de “modo tributaria” proponiendo reformas que suavicen el hueco fiscal. La intencionalidad subyacente varía de un país a otro, en Colombia es claro que la abultada informalidad de la economía y la baja tributación de las personas naturales obliga a la ampliación de la base de contribuyentes bajando los listones de la obligatoriedad de la declaración de renta, a la eliminación de errores del pasado en el cobro del IVA, y a meterse en campos casi imposibles como eliminar exenciones y privilegios.

Sin entrar en la dicotomía comparativa tributaria entre países, porque cada régimen impositivo obedece a las condiciones económicas y culturales de cada región, para las empresas en particular, eso no se ve de esa manera, dado que si en un país las condiciones tributarias no son buenas, sus capitales e inversiones se trasladarán de uno a otro por el inherente espíritu volátil del capital. Los impuestos a la renta y al consumo sí tienen que ver con la riqueza de un país y en su ingreso per cápita, pero en términos de personas naturales son las cargas tributarias a las corporaciones, las que pueden acosar o asfixiar a las corporaciones, y éstas moverse a mercados con mayores beneficios y seguridad tributaria. Por esto es que la Ocde le recomienda a España y Chile aplazar sus reformas tributarias hasta que hayan condiciones evidentes de recuperación y se pase del complejo momento político para no desestabilizar las cosas; mientras que para Colombia, Perú, Brasil o México, las firmas calificadoras de riesgo la receta es distinta y les imponen hacer ajustes tributarios inmediatos por sus mismas situaciones como es la desorganización de sus sistemas tributarios, su baja tributación o porque sus cuentas estatales no aguantan más deudas con la banca multilateral. Las fórmulas no son las mismas, al tiempo que las necesidades casi son similares de un país a otro: comprar vacunas, organizar logísticas de vacunación, apurar la asistencia social y evitar diásporas empresariales e inversionistas, son los elementos con los que hay que jugar en este momento.

Pero lo único cierto de todo es que el pueblo está en manos de un Congreso que tiene el momento histórico de sepultar un proyecto que no debió asomarse ni si quiera a la luz del dìa.