Diario del Cesar
Defiende la región

Adiós a otro grande del vallenato: Jorge Oñate 

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Por HELMAN VILLAMIZAR DAZA 

“Esta es la verdad de la vida, aquí nadie va a arreglar esto, el único que arregla esto es Dios…”.

Se oyó la voz magra, robusta, del último Ruiseñor de Valledupar. Le envió un mensaje a un amigo -dicen- cuando ya iba rumbo a una Clínica de la capital del Cesar, a una revisión médica, pero allí un ducto de plástico se metería por entre su maravilloso tracto.

Aquel ajustado tubo intentaba para sus seguidores, mantener en este mundo terrenal al más grande, al Jilguero de América: Jorge Oñate González.

Hacia exactamente una semana había escuchado ese timbre gutural tan particular gimiendo de pesar por su amigo Alejandro Galvis.

Nancy Zuleta -su esposa, prima de los hermanos Poncho y Emiliano- había tomado la decisión de marcar a Bucaramanga para indagar por el ‘Doctor’ porque a Jorge el pesar no lo dejaba tranquilo.

Entonces cuando escuchó que ella había logrado el contacto, pasó.

 “¡Ay manito, el Doctor. Hombre grande ese, en todo el sentido de la palabra. Una gran pérdida no solo para Santander sino para el periodismo…”.

Más allá del valor que como artista tenía esa relación, había nexos de afecto eternizados con su calidad de artista. Oñate fue amante del ganado igual que Galvis Ramírez a quien en reiteradas oportunidades le compró uno que otro animal, por su afamada producción y genética.

Tan reconocida, valiosa y apetecida que a Oñate -casi al punto de la rapiña- le faltaban las horas para coger un teléfono y contactar a ver quién le llevara lo adquirido, comprado o regalado.

Alguna vez envió un pequeño camioncito a más de 470 kilómetros, no sin antes advertirle al encargado de las reses -Eudoro Gelvez- que le mandara el animalito que el Doctor le había obsequiado en el fragor de una parranda.

Siempre fue particular. En el universo vallenato su espontaneidad criolla le valió la invención -algunos con argumentos de verdad- de chistes y bromas que más allá de molestarle le causaban risa.

Fueron varios los gracejos y carcajadas en las parrandas y reuniones cuando alguien recordaba “la última del Jilguero”.

En una caseta donde los borrachos peleaban -dicen- gritó con su voz de trueno: “¡Bueno, ya dejen de peleá’, que nos va a pasar como en otros años como en Bosconia y Gamarra, que nos Carito Dios… alguien le ripostó desde el público: ¡y no será Sodoma y Gomorra Jilguero!!! Bueno pero me entendieron!”. Esa y cientos de anécdotas son parte de los gracejos jocosos con los que recordaban y oraban los oñatistas al más grande.

Oñate González fue pionero en la decisión de que el cantante tenía que separar su actuar del acordeón, fue quien por los años 60, se convirtió -literal- en la voz en tarima. Eran los tiempos de Los Hermanos López, sus grandes amigos y paisanos. Una familia que le ha aportado a esta música cajeros, coristas y acordeonistas varios de ellos reyes: Pablo, es rey de la Caja, Miguel, Alvarito y el más reciente de una nueva generación Navin López dan fe. Con ellos eternizó Los Tiempos de la cometa.

 “… No volverán, los tiempos de la cometa.

Cuando yo niño… brisas pedía a San Lorenzo”.

Para la misma época Bovea y sus vallenatos ya hacía sonar las cuerdas de sus guitarras con las canciones del maestro Escalona. Oñate reinaba con las canciones del entonces compositor de moda. Entonces se oyó su versión de La Casa en el aire…

 “Voy a hacer una casa en el aire, solamente pa’ que vivas tu…”.

Ese tono viajaba por el espectro radial en todo el país. El Ruiseñor empezaba a escribir “El Testamento” con sus tonadas.

“Adiós morenita me voy por la madrugada, no quiero que me llores porque me da dolor…”.

Pero se nos fue después de mes y medio de batalla.

SU MUERTE 

Hacía apenas una semana el cantor de cantores, la voz líder de 52 álbumes consecutivos en 71 años de existencia, se calló.

 “No puedo esconder la pena y hoy la traigo aquí, porque tengo herida el alma y ya no aguanto más

“He venido a traer la queja porque un vallenato se puede morir…”.

Han pasado más de cuatro décadas y el artista que pudo establecer la diferencia entre cantante y acordeonero, imponiendo el estilo con su estreno con los Hermanos López, siguió siendo líder, el de la iniciativa, sirvió de modelo para que las nuevas generaciones se presenten como hoy.

 “Nació mi poesía, como las madrugadas de mi pueblo, ardientes, puras y majestuosas,  mis versos… viajeros y libres como el viento, cuál astro fugaz del firmamento, en la noche hermosa”.

Su portento lo catapultó para convertirse en el Jilguero de América como lo habría marcado para la posteridad Jaime Pérez Parodi, quien después de una década a su lado se convirtió en el presentador de otro grande, Diomedes Díaz.

“Porque el folclor de mi Valledupar,

dónde el amor nace en mil corazones,

se eternizó en el alma del Cesar,

en la alegría de mil acordeones…

“Ya no hay casitas de bareque

Se llena el valle mas de luces

No venden arepitas, queques,

Merengues, chiricana y dulces…”.

Mario Puerta Gómez, su fiel escudero durante 22 años, lo acompañó incluso en una que quizá fue la última parranda en Riohacha, capital de La Guajira.

 “Allá estuvo feliz, tanto que hasta se quitó el tapabocas. Lo abrazaron, saludó, cantó, estuvo dichoso. La gente pensaba que él era hostil, pero era una persona humilde, quizá hasta penoso en algunas ocasiones.

“Una semana después me dijo: ¡compadre, yo ando con unos escalofríos raros…!

 “Le advertí ese día, Jilguero ojo que el Covid ese anda suelto. Nombe… que va a ser esa vaina Covid, ni lo diga compadre.

 “Sin embargo le hicieron tres pruebas y salieron negativas; pero como seguía mal, se hizo otra, más especializada y costosa. Hasta echó su vainazo porque fue una prueba cara. Esa, dio positivo…”.

No hubo retorno. Ni la prontitud con la que se lo llevaron para Medellín cuando se agravó. Silvestre hasta prestó su avión; una pancreatitis iba haciendo de la suyas. Quizá en aquel vuelo la esperanza fue tenue porque Silvestre se abrazó a Nancy Zuleta en expresión de desconsuelo. Internamente sentían que el vuelo del Jilguero ya no tenía retorno.

 “Porque el folclor perdura como el arhuaco en la Serranía como el río Cesar en lozanía con sus agua puras

Porque el folclor de mi Valledupar

Si pa’ morir solo hace falta tener vida, y mientras haya vida quedan esperanzas…”.

La de él ya no fue. /Colprensa.