Diario del Cesar
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El llamado desesperado de la presidenta de la Cámara de representantes del Congreso de los Estados Unidos, Nancy Pelosi a que el alto mando militar de ese país no le de acceso a las claves de armas nucleares al Presidente Trump, refleja de cuerpo entero el grave momento porque el está atravesando el mundo frente a un sicópata que estuvo a punto de incendiar el seno de la democracia de su Nación, y lo que es peor, dejó sembradas las minas del odio, la violencia y el fanatismo

No obstante la crispación política que han vivido los Estados Unidos desde la llegada a la presidencia de Donald Trump, ahora, y después de los lamentables hechos en el Congreso de ese país, ya no debe quedar duda del daño que le ha causado a su democracia.

El seis de enero era el día en el cual el Congreso debía proclamar a Joe Biden como el nuevo presidente de los Estados Unidos. A pesar de los anuncios sobre la resistencia de doce senadores republicanos, estaba claro que se impondría la mayoría bipartidista que reconoce el resultado que promulgó el Colegio Electoral.

Charles Ramsey, exjefe de la Policía Metropolitana de Washington, calificó el ingreso de manifestantes pro-Trump al Capitolio como “lo más cercano a un intento de golpe de Estado que este país jamás haya visto”. Esa definición, que se acompaña de las innumerables imágenes sobre los ataques y de la reacción del presidente en ejercicio, indica a las claras qué tan profunda es la lesión causada por la insensatez del extremismo político y del caudillismo que se resiste a aceptar el veredicto de la voluntad popular.

No hay dudas que las instituciones de Estados Unidos recibieron el que puede calificarse como el peor ataque a su credibilidad y estabilidad en toda su historia, encabezado por quien debió reconocer el veredicto de las urnas que hace cuatro años lo eligieron a él como el jefe del Estado. Y aún no termina su efecto, en la medida en que Trump representa un importante sector del pueblo estadounidense que sigue sus dictados. Y eso es lo peor Y eso es lo peligroso. Y eso es lo que podría llevar a esa nación a una guerra civil, por lo que Trump personifica, un dictador con ambiciones descomedidas disfrazado, como todos, supuestamente de demócrata.

Cualquier similitud con lo que ocurre en los países donde la democracia y el Estado de Derecho son frágiles o no existen, es acertada. A partir del próximo 20 de enero, recuperar la fe en las instituciones de su país, la unidad y los principios de convivencia y respeto dentro de la diversidad, será la principal tarea del nuevo presidente de los Estados Unidos, la cual no será fácil.

Resulta ya patético Trump con su cantinela de vencedor derribado por un supuesto fraude en el que no creen ni los jueces (cientos de ellos del partido republicano), ni el Departamento de Justicia, ni los gobernadores de su partido, ni la Corte Suprema, de mayoría también republicana. Da grima un gobernante salido de todo esquema racional, dedicado a azuzar las bajas pasiones de parte de un electorado dispuesto no solo a creerle sino a, como se demostró el miércoles, irrumpir con violencia en las máximas instituciones democráticas.

Trump cierra su gobierno entregado del todo a la zafiedad y al irrespeto a sus contrincantes. Si en su presidencia no tuvo límites y todo le fue permitido, en su recta final se está superando a sí mismo. Y no es cosa que vaya a terminar el 20 de enero. Estamos hablando de un personaje que en noviembre de 2020 sacó más de 74 millones de votos, 14 millones más que en 2016. Es decir, alguien que en cuatro años de estropicio aumentó su apoyo popular, el cual no parece que vaya a abandonarlo fácilmente. Solo debe atenderse ese clamor angustioso de la señora Pelosi, ¡agárrenlo!. Y nosotros diríamos más bien, ¡enjaunlenlo!