Diario del Cesar
Defiende la región

Ojalá y entienda que todo ha cambiado 

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Ha sido una Navidad diferente; como nunca antes se la había esperado la gente. Sin la efusividad y alegría que nos depararon los años anteriores. Una Navidad en la que más sentimos la nostalgia y tristeza por esta tragedia que vive el mundo con la presencia de la pandemia del Covid-19, que las algarabías y los festejos propios de nuestra cultura.

Si bien hay esperanza en todo el planeta respecto al inicio de la vacunación contra el covid-19, lo que podría marcar el principio del fin de la pandemia que ha infectado a más de 80 millones de personas y causado la muerte de 1,7 millones de ellas, lo cierto es que todavía es muy temprano para cantar victoria frente a la crisis más grave de este siglo a nivel global. No solo porque la inmunización ha comenzado de forma muy lenta y apenas en un puñado de países desarrollados, sino porque la segunda ola del coronavirus, en la que incluso ya se detectó una cepa más infecciosa, está causando estragos en Europa y Estados Unidos, en tanto que en otras latitudes están prendidas las alertas.

En ese orden de ideas, las previsiones en torno a que la humanidad pueda recuperar de manera pronta la llamada “normalidad” continúan siendo lejanas. Las navidades más sui generis en muchos siglos acaban de pasar. Quienes no están confinados de forma drástica, deben atender otro tipo de restricciones sanitarias, especialmente las referidas al distanciamiento social, ya se trate de sitios públicos o privados. Siendo esta la época en la que muchas familias tienden a reunirse de forma más recurrente y en la que se disparan las compras por la costumbre arraigada de los obsequios para demostrar sentimientos de afecto, la pandemia obliga a cambiar algunos de esos patrones de comportamiento. Es generalizado el llamado a evitar las aglomeraciones, tanto en los comercios, las calles y demás espacio público, como en los propios hogares. Y también se insiste a las familias que celebren en la intimidad de sus casas, evitando grandes reuniones.

Ello implica, entonces, que el sentido de la Navidad debe apartarse lo más posible del materialismo imperante y la algarabía colectiva.

El impacto de la pandemia y sus graves consecuencias en todos los órdenes han generado en muchas personas una reflexión profunda sobre lo que es verdaderamente más importante en la vida. También se han relievado valores y hechos que en medio del agitado ritmo diario que traía la humanidad habían quedado en una especie de segundo plano. Sentimientos de amor, unión, solidaridad, piedad y otros más han aflorado con mayor fuerza en medio de una emergencia inédita e imprevisible.

Es necesario que la sociedad entienda que todo ha cambiado y muy, pero muy difícilmente se podrá volver a recuperar en corto tiempo, algunas de las costumbres que nos caracterizó, sobre todo en ésta época del año.