Diario del Cesar
Defiende la región

El vallenato, un patrimonio Inmaterial con pocos administradores

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Por
WILLIAM
ROSADO RINCONES

En los polvorientos caminos de la provincia, por donde el adelanto  se negaba a marcar huella, se erigieron pueblos donde la palabra noticia, llegaba sin formatos ni perfiles de actualidad, sin protagonismos, ni sorpresas, era igual enterarse a los días, semanas, meses o años, los hombres vivían sin afanes ni presunciones.

La música era el conducto mediato para apaciguar el abandono de la gran civilización, la que parecía engreírse en un puñado social que, con cierto privilegio lograban conocer por ciertos medios lo que ocurría, allá detrás del gran océano.

Los aires foráneos, con la mezquindad esclavista hablaban un idioma discriminatorio que dio pie a la nostalgia negroide expresada en el lamento tamboril, mientras el indígena vulnerado, rascaba su tristeza en el trino percusionista de la larga guacharaca que asimilaban las melenas que el impostor les había cortado.

Esa amalgama de resentimientos logró que salieran las primeras figuras juglarescas de un formato musical que desafió los patrones impositivos de la gran cultura dominante, y con fuerza cimarrona exploraron el diapasón estilizado de los aires refinados del exclusivo acordeón, ese mismo que, el empirismo de los nativos, le injertó la fuerza de las manos laboriosas, para que con ritmos raros acompañaran la virgen musa de cantores represados que querían aflorar los sentimientos que encadenaban su suerte.

Así nació una expresión musical que llamaban colitas, o merengues cuyas ejecuciones fueron demarcando territorios y tallando figuras capaces de enfrentar al mismo diablo, hasta verlo esfumarse en el azufre de su derrota.

El acordeón se convirtió en la provincia, en la vía de escape para derrotar el aparteih patronal, y sus fuelles se transformaron en los mensajeros satelitales de los aconteceres de temporada, así nació la juglaría que con versos cantados fundamentaron el catálogo recadero de amores, noticias y decenas de aconteceres.

Iniciaba el tránsito de los pergaminos insospechados de una identidad cultural que, muchísimos años después se convertiría en Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.

DEUDA IMPAGABLE

Hoy más que nunca el vallenato tiene una deuda impagable con esos cultores, muchos de los cuales no tienen ni la sombra ni la cruz en sus inéditos panteones, pero que dejaron la herencia folclórica que demarcó mapas preferenciales en esta región que vive y canta orgullosa una música de la que las nuevas generaciones tendrán que dar buena cuenta, para que los sepulcros ancestrales no vayan a tener resurrecciones de inconformidad.

Aún, con todo ese antecedente, poca importancia se la ha dado a la declaratoria de Patrimonio Inmaterial pronunciada por la UNESCO y seguimos escuchando a diario los exabruptos temas musicales, vestidos con el rotulo de vallenato.

A este ritmo, dicen los vallenatólogos cada vez más, se le tiran más paladas de olvido a las creaciones primigenias  de: Chico Bolaños, a la picardía de Lorenzo Morales, la agilidad de Emiliano Zuleta, la velocidad de Juan Muñoz, al ‘Apa Sabroso’ de Alejo Durán, la coquetería de Abel Antonio Villa, la sabiduría  de Luis y Fermín Pitre, al ronquido del ‘Tigre de la Montaña, Pacho Rada, al lamento de Juancho Polo, a la picaresca  e imaginación de Calixto Ochoa,  al ingenio del ‘Pollo Vallenato’, Luis Enrique Martínez, y tantas figuras que legaron un producto que hoy tiene una marquilla rica en movimientos comerciales pero muy limitada en la esencia que prepararon estos juglares.

Ante estas y otras muchísimas figuras del vallenato, Colombia hoy se tiene que quitarse el sombrero, porque ellos, con una coraza llamada valor, sacudieron un lastre lapidario, pasando del overol al birrete con un abecedario de cantos de vaquería hasta esta tesis laureada llamada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, pero que con muy poca entereza han acatado los nuevos propulsores, y queda una pregunta al aire: ¿Se puede seguir llamando vallenato lo que se está produciendo?