Diario del Cesar
Defiende la región

La caída del Muro de Berlín

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Se está conmemorando por estos días en el mundo occidental y en otras regiones del globo los treinta años de la caída del Muro de Berlín, uno de los  acontecimientos políticos más importantes del siglo pasado. Se recuerda que el 11 de febrero de 1945 se llevó a cabo una cumbre de los Aliados que habían ganado la II Guerra Mundial. En Yalta (Crimea) se encontraron Churchill, Roosevelt y Stalin, con el asentimiento de De Gaulle. Acordaron dividir el territorio alemán en varias zonas de ocupación: la oriental la manejaría la URSS, y la occidental Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos.

Con la pretensión de hacer permanente el recuerdo de la victoria de los Aliados y de que no estaban dispuestos a permitir que los germanos volviesen a tornarse en una amenaza a la seguridad mundial, así el país hubiese quedado arrasado tras la derrota del nazismo, se determinó su división y ocupación. En consecuencia, los vencedores se apartaron de la tradición militar, en Europa, según la cual al terminar las guerras se les permitía a los vencidos regresar a sus hogares. Paralelo a ello a todos aquellos mandos políticos y militares que tuvieron que ver con crímenes de guerra y el Holocausto judío fueron juzgados en el Tribunal ad hoc de Núremberg, donde la mayoría fueron condenados a muerte o prisión perpetua.

En la zona occidental alemana los Aliados establecieron un gobierno democrático y un sistema comercial de libre empresa. Por ello esa Alemania comenzó poco a poco la reconstrucción del país y su tejido social, político, económico e institucional. Se invirtieron cuantiosos recursos en levantar centros urbanísticos e infraestructura de todo tipo. Se dio prioridad a la reactivación industrial, partiendo de la capacidad de los profesionales alemanes para producir nuevas tecnologías y empezar a generar empleo y recursos. Esa estrategia de largo plazo y la voluntad de un pueblo laborioso determinaron el llamado “milagro alemán”, un ejemplo de desarrollo en democracia y bajo el imperio de las leyes aprobadas por su Parlamento.

La ciudad de los contrastes era, entonces, Berlín. En la zona occidental se notaba en el progreso, la recuperación de los estándares de bienestar, el disfrute de las libertades y derechos democráticos e incluso el florecimiento de centros académicos de primer nivel, que surtieron año tras año la materia prima para alimentar el “milagro”. Por el contrario, en la zona soviética berlinesa ocurría todo lo contrario. Estatización drástica, los excesos de un sistema opresivo, cierre de todos los canales de la libertad e iniciativa privada… El resultado de todo ello: atraso, sistema económico inercial y arcaico, falta de oportunidades laborales y resignación poblacional por carecer de los más elementales derechos de informarse y decidir libremente. Todo ello llevó a una innegable comparación entre los desarrollos de dos zonas con sistemas políticos y económicos distintos: democracia y totalitarismo. La diferencia de calidad de vida en una misma ciudad y nación ocupadas militarmente saltaba a la vista. Los jóvenes más audaces de la parte oriental se arriesgaban a evadir las barreras y alambradas policiales soviéticas para tratar de instalarse en la Berlín y la Alemania Occidental.

Fue por ello que Moscú decidió, en 1961, que se debía construir un muro en Berlín, que no solo marcará la separación política e ideológica de las dos zonas de la capital alemana, sino que acabara con la comparación de resultados y la constante tentación de los orientales a huir. Sin embargo, el vergonzoso Muro de Berlín se convirtió rápidamente en símbolo global de opresión y el ocultamiento del fracaso soviético.

La tensa situación en Berlín año tras año puso en vilo la paz mundial, puesto que los rusos pretendieron ejercer controles militares que desafiaban a los antiguos Aliados. Cuando la situación estaba muy álgida y se temía un choque bélico occidental con la Unión Soviética en tierras alemanas, el entonces presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy, libró un capítulo clave de la Guerra Fría, en 1963, al pronunciar uno de sus más famosos discursos, en el cual declaró textualmente: “Yo soy un berlinés”. Lo hizo en alemán para hacer más categórico el anuncio y la voluntad de Washington de defender los principios democráticos en Berlín. Ese mensaje tuvo una acogida mundial entre los pueblos libres y determinó que los propios teutones empezaran a movilizarse, año tras año, para luchar por su libertad y la reunificación. Una cruzada que tomó, embargo, un largo tiempo.

Al comenzar la década de los ochenta, el entonces canciller de Alemania Occidental, Helmut Kohl, se dedicó a ese propósito reunificador. Mediante la diplomacia efectiva, favorecido por un nuevo mapa geopolítico y con el manejo de poderosos fondos económicos consiguió reblandecer a una Unión Soviética en crisis, hasta que, finalmente, Moscú decidió retirarse de la Alemania Oriental. Así las cosas, al celebrarse 30 años de la caída del Muro de Berlín, el planeta conmemora no solo la histórica desaparición en 1989 de esa barrera física símbolo de la opresión, sino el triunfo de la libertad y la reunificación de una potencia que hoy, de nuevo, es motor de la democracia y la unidad europea.